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El valor de la vida en el ámbito laboral

ACORDARSE DE SANTA BÁRBARA CUANDO TRUENA

Si te dedicas a la prevención de riesgos laborales, no deberías leer estas líneas.

Todo día tiene su afán y mañana celebramos el Día Mundial de la Seguridad y Salud en el Trabajo, instaurado en 2003 por la OIT, para promover la prevención de accidentes de trabajo y enfermedades profesionales en todo el mundo.

Si te dedicas a la prevención de riesgos laborales, no deberías leer estas líneas.

Envejecimiento y estacionalidad de la población activa

La actual crisis económica y la acentuada precariedad o inexistencia de oportunidades laborales, nos obliga a prestar la máxima atención a la urgencia en la colocación o recolocación (casi a cualquier precio) de la población activa.

Es obvio que esta circunstancia, por su gravedad, es la primera necesidad a cubrir en el actual entramado social de nuestro país.

Como prevencionistas, deberíamos hacernos una reflexión causal sobre la incidencia de este periodo, abarcando la visión a medio y largo plazo y con un carácter colectivo, más allá de las incidencias personales o empresariales que a todos nos atañen.

La situación actual plantea unas particularidades que producirán, sin duda, cambios sustanciales en el ámbito de la Seguridad y la Salud. A día de hoy se producen, entre otras, dos situaciones bien conocidas que ganan “adeptos” (a la fuerza, claro):

1. Contratación discontinua (misma empresa, pero con periodos intermitentes)
2. Contratación en periodos muy breves por diferentes empresas

En el primer caso, está claro que se producirá un retraso en la fecha de “jubilación”, puesto que la interrupción de la vida laboral lleva pareja una disminución de los tiempos de cotización y con ello, la necesidad de extender la actividad más allá de la edad teórica de jubilación (65-67 años). De esta manera nos encontraremos con una población activa con edades superiores a 70 años, lo cual, independientemente del “cansancio” laboral, es fisiológicamente demostrable que traerá consigo mayor índice de accidentes y enfermedades en el ámbito laboral al encontrarnos más “viejos” en el puesto de trabajo.
Hasta ahora esta franja de trabajadores con edades superiores a 70 años se encontraba de forma muy reducida y especialmente en profesiones “intelectuales” y no enfrentadas a entornos y/o labores fatigosas.

Dentro de la importancia general, hay que subrayar que será más notable, obviamente, en aquellos trabajos que conllevan actividades manuales, en espacios exteriores, “pesados”, etc., (instaladores, obreros, mecánicos, servicios, manipuladores, etc.).

En el segundo caso, que también podría darse en el caso de la contratación discontinua, nos encontramos con varios planteamientos:

2.a) carencia o poca inversión en formación/training, pues es poco motivadora para los empresarios la inversión para espacios de tiempo de contratación reducidos y/o incertidumbre de continuidad, y también, por qué no decirlo, cierta apatía del trabajador si no se identifica con una proyección duradera en el puesto.
2.b) dificultad/imposibilidad de analizar los orígenes de las enfermedades profesionales debido a la multitud de ubicaciones, empresas, etc. que se han producido en estos años de tanta precariedad laboral. Así nos encontraremos ante una indefensión de los trabajadores, que dificultará enormemente la capacidad reclamatoria de nuestros derechos por la dificultad de aportar la “carga de la prueba”.

Como señalaba al comienzo de esta reflexión, parece que no es propio del momento crítico actual (pese a una aparente mejoría laboral), prestar atención a estas consideraciones por entenderlas como un “mal menor” que, de producirse, sería a largo plazo.

Por mi parte sólo pretendo despertar el interés de quienes les corresponda prevenir esta disfunción que se nos irá mostrando inexorablemente y sin margen de maniobrabilidad en los lustros venideros.

Poco podemos esperar de las administraciones públicas que, orientadas siempre por los intereses políticos de turno, plantean planes de acción “cortoplacistas” (Max. 4 años), con lo que la responsabilidad de diluye entre legislaturas como otros tantos asuntos más (educación, sanidad, etc.)
La solución no se vislumbra sencilla, pero no por ello debemos de apartar el problema de nuestra consideración, porque existir, existe y más nos vale a todos ir incidiendo para que se movilicen los responsables de tomar medidas. Por mi parte si he conseguido alimentar algún pensamiento en aras de esta causa, me doy por satisfecho.

Políticas de compras vs políticas de seguridad y salud

A nadie se nos escapa la profusión y ascenso preferencial de los Departamentos de Compras en estos tiempos de crisis. Sin duda y pese a ser un instrumento en las compañías que trasladan las políticas de “reducción” de costes impuestos por cada organización y por la necesidad abrumadora de “ser competitivos” socialmente, no por ello debemos dejar de abordar el flaco favor que estas últimas tendencias han llevado a cabo en muchísimas ocasiones, perjudicando los esfuerzos en PRL de las acciones contratadas.


Analizando en detalle el evolutivo, encontramos dos formas de afección a los principios de PRL:


1. La continua presión hasta límites insospechados en los precios de los servicios y productos, ha motivado cuando no inducido, a que las empresas ofertantes hayan limitado sus márgenes quitando todo lo no valorado por el cliente y rozando los límites legales del cumplimiento normativo en muchos casos. Así, ante la no valoración de aspectos fundamentales para la correcta implantación y seguimiento de las medidas preventivas, de forma expresa por el cliente (recursos humanos destinados, organización, inversiones, procedimientos, sellos certificadores, …), la tendencia natural del contratista/proveedor de servicios, es la de no invertir más allá de lo legalmente exigible e incluso “pisar la raya” si no hay motivación suficiente y reconocimiento externo.


2. En cuanto a la prestación de servicios específicos de PRL (SPA, técnicos apoyo, autoprotección, formación, …) simplemente la concepción de una comparación mera o principalmente económica alcanza límites inverosímiles de credibilidad de la función departamental de compras.
Aunque en la teoría se dan unos pasos previos con el fin de “igualar” los pliegos/ofertas en los aspectos cualitativos, normalmente se parte de pliegos de condiciones y de información poco detallada, que abre el camino a ofertas muy dispares como lo será el servicio ofrecido. En un intento de mejorar el pliego primitivo con la suma de las mejores propuestas de los candidatos, se ofrece una segunda vuelta para re-ofertar con más detalle y servicios (generalmente) y buscando ya un documento sobre lo ofertado inicialmente.

Por último, incluso se llega en ocasiones a subastas electrónicas donde solo se valora el descuento a partir de una situación inicial propuesta, en muchos casos, es el precio del candidato más barato y con las exigencias más altas encontradas en las ofertas técnicas, es decir, el Pliego lo redactamos los proveedores en base a la yuxtaposición de las ofertas.
Aquellas empresas experimentadas con Know-How, recursos internos potentes, políticas de PRL desarrollada, programas de formación interna implantados, etc. no harán sino resignarse y elegir entre “traicionar” su espíritu prevencionista o eliminar todo lo que conlleve un coste, sea lo que sea, con la zanahoria y voluntad de intentar “recuperar” en el transcurso del encargo, los dineros “descontados” frente al concurso/subasta.

Si bien en la mayoría de los casos el servicio ofrecido se parece “poco” (por minoración), al servicio pretendido en el pliego, será tarde y ya en el desarrollo del proceso cuando la compañía, observará que es insuficiente lo “contratado” y se sufrirán tensiones abrumadoras para conseguir unos resultados dignos.

Esto no nos consuela ni siquiera esperando la lección aprendida por el cliente a través del departamento “operativo”, pues raramente se transmite al órgano de compras, lo deficiente de lo contratado y con toda seguridad se mantendrá la política de ahorro “indiscriminado”:

Como decía un profesor mío :
 ¿operarías a tu madre de vida o muerte con el cirujano más barato?
 ¿Alguien adopta políticas de “low-cost” en la seguridad de sus hijos, padres, o cualquier circunstancia de vital importancia?

Seguramente la costra de la “insensibilidad preventiva” en ciertos protagonistas encargados de la gestión de compras permanece aún y dificulta directa (caso 2) o indirectamente (caso 1), la evaluación positiva en esta materia.

En el lado de los proveedores, aunque todos pensábamos que este período de crisis “purgaría” de los sectores a las empresas con menos medios, trayectoria, política de gestión, etc…, ha sido todo lo contrario, al penalizar en los concursos/subastas a quienes estas inversiones le suponen lógicamente incremento de sus costes generales, etc.

Al final del camino, ¡claro que hemos igualado! pero a mínimos/peor, eliminando todo lo que el cliente no valora tácitamente y la prevención ha sido uno más de los conceptos afectados, aunque se les “llene a alguno la boca” de repetir que para ellos <>.

Por favor, valoremos la PRL de forma clara y constante, eliminando la presión actual para rebajar los costes a base de disminuir los niveles ya conseguidos o nos situaremos en un retroceso de décadas cuando queramos darnos cuenta.

- “La Seguridad no se subasta, no es un producto”
- “Lo que no es bueno en Seguridad, no es bueno en lo demás”

Sociedad Hipócrita; No todas las muertes “valen” igual

A raíz de la muerte del torero Víctor Barrio días atrás, se han vuelto a desatar más polémicas debido a ciertos comentarios puntuales sobre el apoyo/defensa de los animales vs “alegría” de la muerte de un ser humano (torero).


No quisiera abordar en este sentido la opinión de este artículo, sino que me viene a la mente la disfunción (hipocresía) que vivimos en la sociedad “occidental”, con respecto al valor y apreciación de la muerte, según fallecido y según entorno.
Para ello debemos de acotar el término de “riesgo socialmente aceptable”, que a continuación definiremos y que incluso ha dado lugar a sentencias donde se expone este término, para intentar “aclarar” criterios de una sociedad “desarrollada”, ante ciertas “fatalidades”.

Evidentemente las normas legales/técnicas de una sociedad están (deberían estar), en consonancia con los límites que dicha sociedad entiende como tolerables/intolerables. A nadie se le escapa que los niveles de seguridad en sociedades menos desarrolladas, donde sobrevivir diariamente ya es un éxito (hambruna, enfermedades, violencia, guerras, etc.), no tendría sentido perseguir otras cotas de protección (vial, laboral, …) cuando las primeras son difícilmente alcanzables.


Por lo tanto, el planteamiento de vida/muerte y ante riesgo tolerable/intolerable, dependerá inicialmente del desarrollo del entorno donde se adscriba dicha operativa que genera el riesgo a considerar.
Aunque parezca que se trata de un rango entre mundos desarrollados o tercermundistas, nada más lejos de la realidad, pues expondré a continuación que también dentro de una misma sociedad “avanzada” (española) manejamos criterios muy diferentes frente a la muerte por accidente.


Así la sociedad, y por qué no decirlo, cada uno de nosotros, experimentamos la presión social del cumplimiento normativo en ciertos ámbitos cotidianos (laboral, vial, civil, …). Cualquier exposición al riesgo por encima de los límites normalizados, conlleva automáticamente unas responsabilidades tipificadas y sancionadas desde lo administrativo, pasando por lo civil y en ocasiones por lo penal (accidente de tráfico, laboral…).

El valor de la vida se incrementa en las sociedades desarrolladas haciendo necesario “asegurar” no sólo la vida en sí, sino incluso el bienestar (ergonomía, psicosociología, …) del ciudadano y en especial del trabajador.

Esto es así en los sectores productivos tradicionales ¿Pero qué ocurre por ejemplo con el riesgo en actividades lúdicas?
Aquí, el baremo se relaja y abandona, (incluso lejos de sancionar o impedir), valorando positivamente la exposición al riesgo del sujeto, llegando la sociedad a rendirle pleitesía y o incluso a pagar por ello (los romanos en el circo al menos iban gratis)!!
¿Cómo es posible que piloten motos, niños de 16 años?
¿Cómo es posible que se permita exponerse en el circo sin redes, protecciones, …?
¿Cómo es posible que se permita enfrentarse a toros, a riesgo de muerte?

Podríamos continuar con muchísimos más ejemplos donde nosotros, es decir la SOCIEDAD, transformamos la existencia del riesgo en algo admitido y valorado. Es más, si se produce un fatal accidente, lo entenderíamos como justificado debido a:
1. Es/era un especialista
2. Eligió este oficio
3. Se pagaba muy bien el riesgo

Que yo sepa son aspectos comunes a muchas profesiones (excepto el tercer punto) y no por ello se nos permite (lógicamente) gestionar el riesgo y menos en acciones “innecesarias” (espectáculos de riesgos).
Por lo tanto, seamos sinceros: No todas las muertes valen lo mismo y el riesgo socialmente tolerable “adopta su máxima permisividad” cuando el mundo del espectáculo aparece. En esto, desgraciadamente, nos diferenciamos dentro del reino animal. Ningún animal alienta, promueve y “bendice” el riesgo “gratuito” que las sociedades “desarrolladas” potenciamos cada día más en nuestro ocio.
Habrá que ser más “animales”, ¿no?

En el gráfico siguiente y sin ninguna base científica que soporte los números y porcentajes me sirvo para aclarar estos escenarios en el propósito de “despertar” conciencias e incitar a la reflexión colectiva a la espera de que rompamos los criterios tradicionalistas y seamos “activos” y coherentes tomando la Prevención como base cotidiana.

 

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